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El 9 de abril celebrarán su décimo aniversario de bodas, pero Carlos y Camilla llevan en realidad vidas separadas. El príncipe de Gales (66) pasa largas temporadas en su casa de Highgrove, en la campia de Gloucestershire, cuidando de la granja, buceando en su legajos y gestionando sus organizaciones benéficas, atrapado en un mar de quehaceres (su esposa le llama “hiperactivo”) y disfrutando del “espléndido aislamiento” (siempre fue muy suyo).

La duquesa de Cornualles (67) vive normalmente a 45 kilómetros, en la misma casa de Ray Mill donde encontró refugio tras su divorcio de Andrew Parker Bowles, disfrutando del calor familiar y del ajetreo de sus cinco nietos, llevando su propia vida y acudiendo en todo caso al encuentro de su esposo los fines de semana o cuando lo requiere el protocolo. “Camilla pasa ahora menos tiempo en Highgrove que cuando Carlos estaba casado con Diana”, apunta un confidente de la familia, en declaraciones a Richard Kay y Geoffrey Levy, cronistas reales del Daily Mail.

“Para unos, todo el tiempo que pasan separados es un síntoma de una relación disfuncional; para otros, se trata precisamente de una seal de estabilidad y de acuerdo de mutuo respeto entre dos espíritus independientes”, escribe por su parte Catherine Mayer, en la biografía Carlos, el corazón de un rey, recién publicada esta semana.

La peculiar relación entre Carlos y Camilla saltó a primera plana tras el regreso del viaje oficial de cinco días a Canadá, en mayo del ao pasado. Dos séquitos, perfectamente separados a pie de pista, esperaban la llegada a la base de la RAF en Brize Norton del avión que transportaba al príncipe heredero y a su esposa.

CADA UNO POR SU LADO

Nada más bajar del avión, y tras despedirse de ella, Carlos se puso al volante de su Aston Martin y enfiló rumbo a su retiro bucólico de Highgrove, al encuentro de los mirlos y las buganvillas. A Camilla le esperaba su propio chófer, y el destino era Ray Mill, donde a buen seguro sus nietos le tenían ya preparada una sorpresa. En Clarence House, la residencia oficial de la pareja en Londres, se pueden contar los días que pasan juntos. En verano, eso sí, suelen escaparse a Birkhall, en Escocia, aunque el príncipe suele quedarse siempre más tiempo.

La pareja disfruta ocasionalmente de otra casa algo más modesta: Llwynywermod, en Gales. Pero el pacto de “distancia” lo llevan a rajatabla,
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y la propia Camilla reconoce que necesita tiempo para ella, que se siente incapaz de galopar al mismo ritmo que su marido y futuro rey, siempre clavando las espuelas.

Si hubieran podido elegir, nunca se habrían casado. A esa conclusión llega Catherine Mayer en su biografía. “Pero no casarse con Camilla habría supuesto una barrera mayor para el reinado de Carlos que casarse con ella”, escribe la periodista de Time. De modo que el suyo fue al final un matrimonio de “conveniencia”, después de más de treinta aos de relación intermitente y clandestina.

Camilla reconoce que necesita tiempo para ella, que le es imposible seguir el ritmo trepidante de su marido

El chispazo entre Carlos y Camilla ocurrió en un campo de polo y en 1971, diez aos antes de su matrimonio con Diana. Lucía Santa Cruz, amiga de Camilla desde los tiempos universitarios, asegura que fue ella misma quien les puso en antecedentes sobre la relación amorosa que mantuvieron sus antepasados (Eduardo VII y Alice Keppel). La advertencia sirvió de bien poco: “Ahora, vosotros dos tenéis que vigilar vuestros genes”.

Camilla no fue la primera mujer, pero sí la que más huella dejó en Carlos en sus aos mozos. El sentimiento maternal, la complicidad carnal y el sentido del humor se dieron la mano en una relación que pareció hecha para durar, aunque la boda nunca entró en sus planes. “Nuestro matrimonio fue siempre cosa de tres”, declararía tiempo después Diana, que no dudó en apuntar a Camilla (“esa mujer malvada”, según la Reina) como la principal causante de la sonada ruptura.

Con el tiempo, sin embargo, Camilla se ha ido amoldando al nuevo papel de duquesa de Cornualles. Isabel II ha terminado por superar sus viejos recelos y ha acabado aceptándola. Aunque los británicos siguen profundamente divididos sobre si, llegado el momento, debería ser tratada como reina o como simple consorte.

Mientras llega la hora, y mientras el propio Carlos rumia su futuro como “el rey entrometido” (por su tendencia a soltarse la lengua y meter baza en los asuntos políticos), Camilla disfruta pues de esa “distancia pactada” que le permite seguir en intenso contacto con su propia familia.

Pese a las críticas a su “extrao matrimonio”, todo hace pensar que la cosa funciona entre Carlos y Camilla, que obviamente no conservan la “electricidad” de sus encuentros furtivos (“quiero ser tu Tampax.), pero que se aman a su manera, o eso parece. esa es la versión Disney. Ahora te cuento la real. Aquí la víctima es Carlos, enamorado de una mujer divertida pero que tuvo que dejar marchar por culpa de que no era adecuada. Luego le hicieron casarse con una pava y sosilla chica de una familia aristocrática que con sus 19 aos, sin pasado y buenos modales era perfecta. Pero él seguía enamorado de la otra, el matrimonio un desastre. Recordar que Diana también puso cuernos y que tras la separación utilizo a la prensa lo que pudo para tocar las narices a su ex familia. Al fina con los aos Carlos consigue casarse con su amor de juventud y forman un bonito matrimonio. Los dos son sencillos, ecologistas, cultos y divertidos. Los nios salieron a mama Di, por eso van de benéficos y solidarios pero luego se gastan 20 millones de libras en arreglar un palacio que ya estaba bien. Por eso a los británicos cada vez les gusta menos Kate y William, por gastones y por vagos que se puden pasar semanas semanas sin actos oficiales.
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